Sueño con ser funambulista de los rayos del Sol, empezar
despacito y notar como poco a poco se deshace el vértigo y van disminuyendo los
temblores y la arritmia en el pecho.
Observar desde ahí arriba este mundo que nos hemos empeñado
en pensar como “nuestro”, creyéndonos así en nuestro derecho de destrozarlo,
despiadadamente, como un castillo de naipes.
Recorrer kilómetros y kilómetros de distancia poniéndome
tostadita hasta llegar a él y soplar fuerte hasta conseguir una gama de colores
que parten de un rojo pálido muy cálido.
Un anochecer eterno.
Parece que cuando anochece todo va más despacio, las
personas se olvidan de sus estúpidos trabajos, de sus estúpidos miedos y,
sobretodo, de su estúpido egoísmo.
Los pájaros no vuelan alterados entre sollozos, sólo danzan
con las nubes.
A los niños les viene a visitar “El tío de la arena”, como
decía mi madre…
La piel de dos amantes se funden en una sola.
Algunos borrachos se abrazan y a otros se les cristaliza la
mirada pensando en todo lo que dejaron atrás.
Yo, desde arriba, disfrutaría tanto de ese aliento de paz…
Que posiblemente no necesitaría seguir viviendo en este mundo donde el más loco
se cree cuerdo y al más cuerdo le hacen creerse loco.

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